29 de junio de 2007

La Nación: Dos muertos, en un asalto en Almagro

Las manchas de sangre, en pequeños puntos irregulares, formaban un sinuoso camino de más de 50 metros sobre la avenida Corrientes, cruzaban la calle Bulnes y terminaban en un gran charco, al lado de un vehículo. Este fue el último intento que realizó uno de los dos delincuentes para salvar su vida, luego de procurar robar un comercio y enfrentarse a tiros con un policía. En esa ocasión, murió un inocente: un hombre que tomaba un té.

Ayer, a las 4.45, dos jóvenes entraron en un cibercafé de la avenida Corrientes 3853, en Almagro, y se sentaron a una mesa al lado de la ventana. Un hombre de 56 años, identificado como Alberto Pereyra, tomaba un té en una mesa, a pocos metros, según informaron a LA NACION fuentes policiales.

Los hombres pidieron un café y, segundos más tarde, se levantaron y mostraron sus armas, con intención de robar. Un policía que hablaba por teléfono salió de su cabina y se identificó como tal, pero los delincuentes lo recibieron a tiros y se produjo un tiroteo.

Entre la decena de tiros que se oyeron, según relataron algunos testigos, uno hizo blanco en Pereyra y otro, en uno de los delincuentes.

Herido en el cuello, el ladrón -un uruguayo de 23 años identificado por la policía como Pablo Rojas- cayó en la acera, se levantó y corrió una media cuadra hasta llegar a Bulnes, donde los delincuentes habían estacionado un Chevrolet Corsa que, con un cartel de venta, pertenecería a los padres de Rojas. El joven llegó al lado del vehículo y se desplomó. Quedó tendido, desangrándose, con las llaves del auto en la mano.

Cuando llegó el personal policial de la comisaría 9a., la pistola tipo Magnum calibre 357 de Rojas estaba abandonada a la salida del cibercafé.

Pereyra, un cliente ocasional del cibercafé según contaron los vecinos, falleció mientras era llevado de urgencia al hospital Durand. El policía, herido de bala en la rodilla derecha, fue trasladado al Complejo Policial Churruca-Visca. El segundo delincuente escapó.

Sobre la vereda quedaron los restos del violento episodio: vidrios rotos, mezclados con sangre.

"La cantidad de sangre era impresionante", relató a LA NACION el canillita Carmelo Parente, que llegó a la escena, pasadas a las 5, para abrir su puesto.

"Me pidieron que no limpiara para no eliminar la evidencia", agregó Alberto Molina, el encargado de un edificio situado a pocos metros de donde cayó muerto el delincuente.

Ante la consulta de LA NACION, el padre de Rojas declaró: "Juntos hacíamos trabajos de pintura. Esto nos cayó como un balde de agua. Estamos mal". Luego, cortó.

La investigación está a cargo del juez de instrucción Eduardo Daffis Niklison y colabora personal de la comisaría 9a.