Clarín: Cerco policial contra una favela de Río
Ayer al anochecer se volvió explosiva la tensión acumulada en un barrio de favelas de Río de Janeiro, llamado Complejo del Alemán.
Faltaba una chispa para lo peor. Cercada desde el miércoles por nutridas tropas de la Fuerza Nacional y de la Policía Militar, los traficantes que dominan ese lugar se dedicaron a hostigar abiertamente a los soldados. Desde lo alto de un morro exhibían sus fusiles ametralladoras y granadas. Y apuntaban abiertamente a las fuerzas de seguridad gubernamentales, mientras las incitaban a entrar al barrio para tener un enfrentamiento.
La situación, a última hora, parecía a punto de derivar en una tragedia. Se podían escuchar tiroteos esporádicos y también estallidos de granadas. Se supo que había un soldado herido, pero se bloqueó información de lo que estaba ocurriendo en el interior de la villa miseria.
Todo esto sucede cuando faltan apenas 29 días para la inauguración de los Juegos Panamericanos en la capital carioca. Los gobiernos nacional y estadual han intentado garantizar la seguridad de los atletas y de los miles de visitantes que se esperan para julio, mes de las olimpíadas continentales. Pero la audacia de los hombres del narcotráfico desafía al poder oficial.
Quieren demostrar que mandan en los morros que rodean la ciudad y de hecho el Complejo del Alemán parece inexpugnable. Expandida por la zona norte de la ciudad, esta gigantesca red de favelas unidas por callejuelas se desplaza al costado de una autopista que conduce al aeropuerto internacional del Galeao.
Los hombres de la Fuerza Nacional, un organismo creado por el gobierno federal hace poco, y sus compañeros de la Policía Militar (que actúa en el nivel estadual) tomaron posiciones en todas las entradas del complejo.
Apostaron allí hombres y vehículos blindados. Sin embargo, ese medio millar de agentes no parece ser suficiente para controlar el despliegue de los narcos. El gobernador de Río, Sergio Cabral, quería una presencia activa del Ejército para contrarrestar a las bandas delictivas. Pero ayer el Ministerio de Defensa nacional informó que no enviará a los militares a cumplir esa misión.
En el Palacio del Planalto están dispuestos a proveer armas, lanchas, helicópteros y tanques. Pero no hombres. En la visión oficial de Brasilia, por la Constitución, las Fuerzas Armadas no pueden operar en estas circunstancias y sólo deben ser usadas cuando las instituciones que deberían garantizar la seguridad pública pierdan la capacidad de hacerlo. Dicho de otro modo, sería preciso disponer una intervención federal en Río de Janeiro para que sea posible emplear a las Fuerzas Armadas.
Faltaba una chispa para lo peor. Cercada desde el miércoles por nutridas tropas de la Fuerza Nacional y de la Policía Militar, los traficantes que dominan ese lugar se dedicaron a hostigar abiertamente a los soldados. Desde lo alto de un morro exhibían sus fusiles ametralladoras y granadas. Y apuntaban abiertamente a las fuerzas de seguridad gubernamentales, mientras las incitaban a entrar al barrio para tener un enfrentamiento.
La situación, a última hora, parecía a punto de derivar en una tragedia. Se podían escuchar tiroteos esporádicos y también estallidos de granadas. Se supo que había un soldado herido, pero se bloqueó información de lo que estaba ocurriendo en el interior de la villa miseria.
Todo esto sucede cuando faltan apenas 29 días para la inauguración de los Juegos Panamericanos en la capital carioca. Los gobiernos nacional y estadual han intentado garantizar la seguridad de los atletas y de los miles de visitantes que se esperan para julio, mes de las olimpíadas continentales. Pero la audacia de los hombres del narcotráfico desafía al poder oficial.
Quieren demostrar que mandan en los morros que rodean la ciudad y de hecho el Complejo del Alemán parece inexpugnable. Expandida por la zona norte de la ciudad, esta gigantesca red de favelas unidas por callejuelas se desplaza al costado de una autopista que conduce al aeropuerto internacional del Galeao.
Los hombres de la Fuerza Nacional, un organismo creado por el gobierno federal hace poco, y sus compañeros de la Policía Militar (que actúa en el nivel estadual) tomaron posiciones en todas las entradas del complejo.
Apostaron allí hombres y vehículos blindados. Sin embargo, ese medio millar de agentes no parece ser suficiente para controlar el despliegue de los narcos. El gobernador de Río, Sergio Cabral, quería una presencia activa del Ejército para contrarrestar a las bandas delictivas. Pero ayer el Ministerio de Defensa nacional informó que no enviará a los militares a cumplir esa misión.
En el Palacio del Planalto están dispuestos a proveer armas, lanchas, helicópteros y tanques. Pero no hombres. En la visión oficial de Brasilia, por la Constitución, las Fuerzas Armadas no pueden operar en estas circunstancias y sólo deben ser usadas cuando las instituciones que deberían garantizar la seguridad pública pierdan la capacidad de hacerlo. Dicho de otro modo, sería preciso disponer una intervención federal en Río de Janeiro para que sea posible emplear a las Fuerzas Armadas.