Página 12: Un campo teñido de sangre en Líbano
El humo cubría anoche el cielo en el norte libanés. Las enormes columnas que salían del centro del campo de refugiados Nahr al Bared marcaban el final de otro día de violencia y muerte en el castigado país. En total, los medios reportaban entre 40 y 45 nuevas víctimas y más de 70 heridos, aunque las organizaciones humanitarias creen que la situación dentro del campo debe ser peor. “Hay civiles muertos y muchos heridos en las calles del campo. Ya no hay agua ni electricidad”, contó el médico Yusef al Asad, responsable local de la Media Luna Roja palestina. Después del mediodía, el ejército libanés y la milicia de origen palestino Fatah Al Islam habían sellado una tregua. Sin embargo, dos horas después el gobierno negó esta versión y se reanudaron los bombardeos de las fuerzas militares, que provocaron nuevos e incesantes disparos de ametralladoras y morteros. Al cierre de esta edición, el ejército intentaba negociar una tregua.
Los combates callejeros se concentraban ayer en las entradas sur y este del campo de refugiados, mientras lanchas de la marina tomaban posiciones en las costas para impedir la llegada de posibles refuerzos de Fatah Al Islam. Bordeado al Oeste por el mar y al Este por una carretera que lo une con la frontera siria, Nahr al Bared se encuentra a unos diez kilómetros al norte de Trípoli, la ciudad en donde el domingo el ejército se enfrentó con un grupo de los extremistas islámicos. Según los últimos datos oficiales, 48 personas –23 soldados, 19 milicianos de Fatah el Islam y seis civiles– murieron en los enfrentamientos del domingo.
La cifra de ayer, en cambio, sigue siendo incierta. La cadena árabe Al Jazeera aseguraba en su página web que los combates dentro del campo de refugiados podrían haber dejado hasta 40 muertos. Su rival estadounidense CNN publicaba que los enfrentamientos habían resultado en 30 soldados libaneses y 15 milicianos muertos, después de varias horas de incesantes bombardeos. Lo que sí se sabe es que dentro del campo, donde conviven hace décadas más de 30 mil refugiados palestinos, ya no hay agua ni electricidad, muchas casas han sido destruidas y los heridos son rehenes a la espera de una tregua que les permita salir. La Cruz Roja libanesa informó que anoche logró evacuar solamente a 17 heridos.
En el resto del país la vida continuaba normalmente, excepto por un nuevo atentado en el barrio de Verdun, en el oeste de Beirut. Diez personas resultaron heridas cuando una bomba adosada a la parte de abajo de un coche explotó en una calle muy transitada. Este es el segundo atentado que sufre la capital libanesa. El domingo una explosión en Achrafiyé, en el Este de la ciudad, dejó un muerto y diez heridos.
Frente al asedio del ejército, Fatah Al Islam, acusado de mantener vínculos con Al Qaida y con el espionaje sirio, amenazó con ampliar sus ataques más allá de los límites de la localidad norteña de Trípoli. “El ejército no nos dispara sólo a nosotros. Realiza bombardeos a ciegas. Si esto continúa, llevaremos la batalla fuera de la ciudad de Trípoli”, amenazó uno de los portavoces de la milicia, Abu Salim Taha. Este grupo islámico se instaló en el campo de Nahr al Bared el año pasado y gracias a que el ejército libanés no puede intervenir allí, logró crecer.
Aprovechando la atención del mundo, la oposición libanesa comenzó a asignar culpas. El político cristiano Michel Aun, feroz opositor del primer ministro Fuad Siniora, culpó al gobierno de permitir el crecimiento de la milicia. “Llevan un año preparándose con armas y entrenamientos, no han llegado en paracaídas. El gobierno lo sabía y no hizo nada por evitarlo”, aseguró. La administración de Siniora no dudó en contraatacar y desviar la responsabilidad hacia su eterno enemigo, Siria. “Hay alguien que intenta crear el caos para mandar este mensaje a la opinión pública mundial: ‘Si el tribunal se establece, habrá problemas de seguridad en Líbano’”, sostuvo el ministro del Interior Ahmed Fatfat, recordando que en los próximos días la ONU podría ordenar la instalación de un tribunal que investigue la muerte del ex premier libanés Rafik Hariri. Tanto el gobierno antisirio de Siniora como la comunidad internacional sospechan que Damasco estuvo detrás del magnicidio en febrero de 2005. Siria coincidió ayer en que el caso Hariri está detrás de los violentos combates de los últimos dos días. El embajador ante las Naciones Unidas, Bashar Jaafari, deslizó que la crisis podría haber sido provocada para influir a favor del gobierno antisirio de Siniora, que reclama que se investigue a Siria por el asesinato del ex premier.
Israel amenazó a los jefes de Hamas
Al tiempo que la fuerza aérea israelí continuaba ayer atacando objetivos de los grupos palestinos Hamas y Yihad Islámica en la castigada Franja de Gaza, en la ciudad sureña de Sderot reinaba una sensación de miedo e impotencia ante la lluvia de cohetes Kassam. Uno de los cohetes que cayeron ayer alcanzó a una mujer de 35 años, a sólo pasos del centro comercial, y la mató. La frontera entre Israel y Gaza se ha convertido en un desigual juego de ping pong, en el que por un lado vuelan aviones y helicópteros de combate israelíes y por otro caen los cohetes de fabricación artesanal. Israel amenazó ayer con matar a los líderes de Hamas, incluso a los que viven en Siria.
Varios misiles lanzados desde un helicóptero israelí impactaron contra un coche en el que circulaban cuatro miembros del brazo armado de Yihad Islámica. El ataque, en la aldea de Bet Lahia, al norte de la Franja de Gaza, provocó la muerte de los cuatro palestinos, que en palabras de oficiales israelíes “eran destacados expertos en la fabricación y lanzamiento de Kassam de la Yihad”. En la semana de ofensiva militar aérea, han muerto al menos unos 40 palestinos. Mientras Israel asegura que ha bombardeado “veinte objetivos terroristas, siendo milicianos la mayoría de las víctimas”, fuentes palestinas informaron ayer que como mínimo unos quince eran civiles.
En el seno de Hamas se viven momentos de confusión, temor y sobre todo muchas ansias de venganza. El portavoz del gobierno palestino y miembro de Hamas, Razi Hamed, aseguró que “los crímenes de Israel no dejan otra opción que responder de la misma forma”. “Todas las opciones están abiertas y son válidas”, en referencia a atentados suicidas. Son palabras ratificadas por su líder y primer ministro, Ismail Haniyeh, que ayer dio el visto bueno para realizar lo que llamó “acciones de resistencia armada”. Responsables del movimiento islamista han ordenado máxima precaución a sus hombres para evitar una operación israelí. El aviso va acompañado de un manual que les prohíbe hablar por celulares, reunirse en grupos o salir a la calle en plena luz del día. El líder de Hamas en el extranjero, Jaled Mashal, considerado el “auténtico patrón” del movimiento islamista y que reside en Damasco, también debería hacer caso a dichas medidas, ateniéndose a las amenazas vertidas ayer por el ministro israelí de Seguridad Interna, Avi Dichter.
Dichter fue claro. “Todo dirigente que esté relacionado con las acciones terroristas debe considerarse objetivo de nuestras operaciones. Jaled Mashal hace tiempo que se ha ganado un puesto en la lista de los más buscados por su extremismo y relación directa con el brazo armado de Hamas. En la primera oportunidad que tengamos, nos despediremos de él”, advirtió el ministro de Seguridad Interna. Mientras, Sderot, cansada de tantos cohetes Kassam –ayer cayeron unos diez más– y de la visita de políticos y gobernantes interesados en la foto de rigor, recibió a un visitante inusual: el alto responsable para la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, Javier Solana, quien se reunió con la ministra de Exteriores israelí, Tzipi Livni. Justo minutos antes del encuentro, varios cohetes cayeron cerca del centro de prensa. Solana tiene previsto volver hoy a Sderot tras aceptar la invitación del ciudadano más famoso de esta localidad cada vez más fantasmal, el responsable de Defensa, el laborista Amir Peretz.
Fatah al Islam
Sunnitas versus sunnitas
Tiene algo de obsceno mirar el sitio de Nahr al Bared. El viejo campo palestino, que alberga a 30 mil almas perdidas que nunca irán “a casa”, se deleita bajo el sol del Mediterráneo más atrás de huertos dorados de naranjas. El ejército libanés, habiendo retomado sus posiciones en la principal ruta al norte, pasa su tiempo a bordo de sus transportes de soldados. Y nosotros –nosotros, los representantes de la prensa mundial– estamos sentados también sin hacer nada sobre un edificio de departamentos a medio terminar, disfrutando en el pequeño jardín o bebiendo tazas de té hirviendo al lado de las antenas satelitales donde los titanes de la televisión cabalgan en sus trajes espaciales azules y sus cascos.
Y luego llega el ruido de los disparos de rifle y un montón de balas salen del campo. Un tanque del ejército libanés devuelve a su vez un proyectil y sentimos una ola de estremecimiento desde el campo. ¿Cuántos han muerto? No lo sabemos. ¿Cuántos heridos hay? La Cruz Roja todavía no puede entrar para averiguar. Nuevamente estamos en otro de esos trágicos asedios del Líbano: el asedio de los palestinos. Sólo que esta vez, por supuesto, tenemos combatientes musulmanes sunnitas en el campo, a menudo disparándoles a soldados musulmanes sunnitas que están apostados en un pueblo musulmán sunnita. Fue un colega libanés el que nos hizo notar todo esto. “Siria está demostrando que el Líbano no tiene por qué ser cristianos versus musulmanes o chiítas versus sunnitas”, dijo. “Puede ser sunnitas versus sunnitas. Y el ejército libanés no puede entrar atacando a Nahr al Bared. Pondría al gobierno en una situación que no podría mantener.”
Y ahí está el problema. Para llegar a Fatah al Islam sunnita, el ejército tiene que entrar al campo. De manera que el grupo permanece, tan potente como lo estaba el domingo cuando montó su mini-revolución en Trípoli y terminó con sus combatientes muertos, quemándose en un departamento en llamas y 23 soldados y policías muertos en las calles. Y sí, es difícil no sentir las manos de Siria en estos días. El gobierno de Fuad Siniora, rodeado en su pequeña “zona verde” en el centro de Beirut, está vacío de poder. El ejército está cada vez más gobernando el Líbano, cada vez más puesto a prueba porque él también está compuesto por sunnitas y chiítas, maronitas y drusos del Líbano. ¿Qué fracturas, cuántas tensiones más se pueden poner en este pequeño país mientras Siniora todavía ruega que un tribunal de la ONU juzgue a aquellos que asesinaron al ex primer ministro Rafik Hariri en 2005?
Leímos la lista de los muertos del ejército. La mayoría de los nombres parecen ser sunnitas. Y miramos hacia arriba a las nubes y a través de la cadena de montañas donde la frontera siria está a escasos 16 kilómetros de distancia. No es difícil llegar a Nahr al Bared desde la frontera. No es difícil de reabastecer. La geografía tiene un sentido político aquí arriba. Y justo por la ruta está el puesto de la frontera siria con su bandera roja, blanca y negra y su águila gobernante.
Los soldados son atentos, corteses con los periodistas. Este debe ser uno de los pocos países donde los soldados tratan a los periodistas como viejos amigos, donde permiten alegremente que los señores y las señoras de la prensa emitan desde frente a sus posiciones, pidiendo prestados sus diarios, compartiendo cigarrillos, conversando, creyendo que tenemos una tarea que hacer. Lo que, hasta un punto, es cierto. Pero cada vez más nos preguntamos si nos estamos haciendo un relato de la triste desintegración de este país. El ejército libanés está en las calles de Beirut para defender a Siniora, en las calles de Sidon para prevenir disturbios sectarios, en los caminos del sur del Líbano mirando hacia la frontera con Israel y ahora, aquí en el norte, asediando a los pobres y golpeados palestinos de Nahr al Bared y a los peligrosos pequeños grupos que pueden o no estar recibiendo órdenes de Damasco.
El viaje de regreso a Beirut está lleno de puestos de control y hasta la capital es peligrosa una vez más. En Ashrafieh, a la mañana temprano, la explosión de una bomba –la podíamos oír en toda la ciudad– mató a una mujer cristiana. Por supuesto, no hay sospechosos. Nunca los hubo. Los carteles todavía exigen la verdad sobre el asesinato de Hariri. Otros carteles exigen la verdad sobre el asesinato de un anterior primer ministro, el de Rashid Karami. Varios, justo a lo largo del camino, tienen el retrato de Saddam Hussein. “Mártir de Al Adha”, proclaman, con la fecha de su ejecución. De manera que hasta el colapso de Irak nos toca a todos aquí en nuestro pueblo sunnita, donde el dictador de Irak es honrado más que odiado.
Una ráfaga de cohetes retumba sobre el campo antes del anochecer. Los soldados apenas se molestan en mirar. Y a través de los huertos de naranjas y las desiertas calles de Nahr al Bared, el viejo mar hace espuma y centellea como si estuviéramos todos de vacaciones, mientras esta nación tiembla bajo nuestro pies.