La Nación: La credibilidad del Gobierno, herida
La credibilidad del gobierno nacional ha sido severamente herida. El conflicto con los docentes en el pago chico del Presidente, la furia que se desató en la estación Constitución y las derivaciones del caso Skanska no sólo mostraron a un Presidente acorralado por las malas noticias, sino también a un poder político forzado como pocas veces a rectificarse y desandar lo andado.
El Gobierno debió echar a dos funcionarios acusados de prácticas corruptas, tuvo que abandonar súbitamente su mensaje de que detrás del escándalo por los gasoductos sólo había "un caso de corrupción entre privados" y, por si fuera poco, el modelo kirchnerista de ejecución de obras públicas quedó golpeado y envuelto en un manto de sospechas.
Las instituciones no salieron indemnes. Las relaciones entre el fiscal de la causa Skanska, Carlos Stornelli, y el Poder Ejecutivo pusieron en duda el principio constitucional según el cual el Ministerio Público es un órgano extrapoder, independiente y con autonomía funcional.
Al menos eso da a entender la versión oficial de que el fiscal se habría comprometido a adelantarle a la Casa Rosada sus principales decisiones vinculadas con los funcionarios citados a prestar declaración indagatoria. Igualmente llamativo fue que el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, ofreciese en una conferencia de prensa detalles de una conversación privada entre Stornelli y el ministro del Interior, en la cual el primero habría dicho que se llevaría "puestos" a varios integrantes del Gobierno, que además fue citada en el decreto por el cual se relevó a Fulvio Madaro y Néstor Ulloa. ¿Pretende con esto el Gobierno esmerilar la imagen del fiscal y generar resquicios para anular ciertos actos de la Justicia? Si la respuesta fuese afirmativa, sólo cabe suponer que las irregularidades en el caso Skanska alcanzarían a hombres políticos más prominentes que el titular del Enargas y el gerente de Nación Fideicomisos.
El nerviosismo de la Casa de Gobierno se advirtió también en las palabras de Néstor Kirchner pronunciadas un día después de los desórdenes en la estación Constitución. No sólo por el lenguaje impropio de un primer mandatario, que apeló a la violencia del micrófono, sino por los endebles argumentos utilizados, como el de justificar las falencias de los servicios ferroviarios por el aumento del número de pasajeros como consecuencia de que hay más trabajo.
Las encuestas indican que el Gobierno debería empezar a preocuparse. Aunque no en demasía. Según Poliarquía, Kirchner ostenta una imagen positiva del 57 por ciento en el orden nacional. Dos meses atrás era del 66 por ciento. Su índice de apoyo sigue siendo muy elevado como para pensar que pueda derretirse antes del 28 de octubre.Tras la grave crisis de fines de 2001, es evidente que la sociedad necesita creer en algo. Y cuando la economía crece, se les perdonan muchas cosas a los gobernantes, a menos que haya líderes creíbles en la oposición capaces de convencer a la ciudadanía de que la menor calidad institucional se traduce en menor calidad de vida.
Por Fernando Laborda