Clarin: La historia de un informante español preso en Argentina por narcotráfico
La voz del español se escucha firme en el teléfono, a pesar de todo. Hasta hace unos días compartía celda con presos comunes que lo trataban con el respeto que en la cárcel se les da a los narcos. Pero como la historia que quiere contar lo pondrá en la mira de esos mismos compañeros, pidió su traslado a un pabellón con custodia especial.
Miguel Angel González Pinto (41) fue detenido el 29 de agosto con dos kilos de cocaína cuando intentaba viajar rumbo a Barcelona. Estaba en contacto con la Policía de España para hacer una entrega controlada de droga y así detener los integrantes de una banda. Pero la operación no salió como tenía planeado y ahora espera en la cárcel que la Justicia argentina no lo trate como un traficante corriente.
"Sabía que lo que lo que estaba haciendo no era legal. Pero como la propia Policía de España reconoce que monitoreaba todo desde allá y que sabía lo que pasaba, creo que no merezco que me tomen como si fuera un delincuente común. ¿Si lo volvería a hacer? A pesar de lo que me está pasando, creo que lo volvería a hacer. Es que en ese momento no tenía otra opción", dice González Pinto en una charla con Clarín desde la cárcel de Ezeiza.
La historia que cuenta comenzó a principio de junio de 2006 en Palma de Mallorca, donde vivía filmando fiestas y casamientos. En esa época andaba con poco trabajo y deudas, y unos conocidos lo acercaron a quien después resultaría un narco nigeriano. Luego de un par de encuentros, le propusieron un viaje a Buenos Aires como "mula" para buscar cocaína. "Salimos varias veces con chicas y él pagaba todo. Unas semanas más tarde, me prestó plata. Como no se lo podía devolver me planteó lo de ir a la Argentina. En ese momento no tenía cómo darles de comer a mis dos hijos.", se justificó.
Un mes y medio más tarde viajó a Barcelona, donde un contacto le dio su pasaje a la Argentina y dinero para la primera parte del viaje. "Ellos me ubicaban a mi celular, no tenía forma de localizarlos. Otro nigeriano me trajo las cosas", explica. El 12 de agosto salió de España para no volver, sólo que no lo sabía.
Según González Pinto, recién durante el vuelo se dio cuenta de la gravedad de lo que estaba sucediendo. Recuerda que un episodio con un nene con ataque de epilepsia a su lado lo puso más nervioso todavía. "En ese momento pensé: 'Madre mía, en la que me he metido'. Empecé a sudar. Ahí decidí que al llegar al aeropuerto tenía que ponerme en contacto con las autoridades".
De Ezeiza fue a un hotel en la calle Bartolomé Mitre, a un par de cuadras del Congreso. Desde ahí se comunicó con la delegación Barcelona de la Policía española y contó lo que estaba por pasar. Allá le asignaron un interlocutor al que le explicó los detalles de la operación y con el que estuvo en contacto hasta el día previo a que lo atraparan.
"Pasaba horas esperando noticias de los narcos o desde España. Caminaba como loco por el centro, me metía a un cine, salía. No sabía qué hacer para que pasara el tiempo. Los narcos me hicieron comprar otro celular y me mandaban mensajes ahí para los encuentros. Un hombre boliviano pasaba cada dos días por la puerta del hotel para ver cómo estaba y me repetía que no debía hablar con nadie", relata los detalles González Pinto.
Una demora en la valija con la cocaína que debía llegar de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, hizo que reprogramara su vuelta. "Cuando me dijeron que me iba a tener que quedar una semana más, pensé que no iba a resistir. Ya no podía parar de pensar, me estaba haciendo daño".
A los seis días la cocaína llegó y el boliviano volvió a aparecer. Le dio un ticket de avión y más dólares. En esa charla, su contacto le dijo que la valija había sido rociada para que no la detecten los perros. Luego pagaron la cuenta y no se volvieron a ver.
"Tenía la maleta en el armario. La abría, veía la droga y la volvía a cerrar. La situación me había desbordado y casi no podía dormir", relata.
En una de las comunicaciones con la Policía de España sugirió que hablaran con sus colegas argentinos pero, según explica, le contestaron que eso podía poner en peligro la entrega. "Si pasa algo nosotros nos vamos a encargar", dice que le dijeron.
El 29 de agosto por la noche dejó su hotel y se fue en taxi a Ezeiza. "El vuelo tenía que salir a las 3 de la mañana, pero tras despachar el equipaje con la droga me avisaron que estaba retrasado y que recién iba a salir a las 10 de la mañana. Entonces volví al hotel para dormir. No me quería quedar dando vueltas, sentía que alguien se iba dar cuenta de lo nervioso que estaba".
Al volver al hotel, González Pinto se tomó unas pastillas para dormir. Se levantó a las 11.30 y en lugar de ir al aeropuerto fue directamente para las oficinas de Air Madrid en el centro.
"Quería ver si podía recuperar el pasaje y saber de la maleta. Pero a los pocos minutos me di cuenta de que algo malo pasaba. La mujer que averiguaba el destino de mi equipaje, me miraba todo el tiempo. Cuando colgó me dijo que en 10 minutos me iban a traer la maleta. Yo sabía que Ezeiza no estaba a 10 minutos de viaje. Salí del lugar antes de que llamaran a los de seguridad. Fui a un locutorio e intenté comunicarme con Barcelona. Durante media hora me dio ocupado. Entonces decidí entregarme. Volví a las oficinas y ya todos me estaban esperando", relata resignado.
Ahora un juzgado federal lleva adelante su caso. Se lo acusa por "contrabando de estupefacientes en grado de tentativa", un delito que prevé penas que van desde 4 años y medio de prisión hasta 16. El detenido espera que la Cancillería de su país intervenga en el caso para que se considere su colaboración para la reducción de una posible condena.
González Pinto pasó por la cárcel de Devoto y fue llevado a Ezeiza. Allí hizo una huelga de hambre de 18 días y asegura que bajó 20 kilos. En el momento en que salga esta nota su estatus interno cambiará y supone que el trato de sus compañeros también. Dejará de ser el narco que sus compañeros creían para descubrirse a los ojos del resto como un soplón de la Policía. Algo que en los códigos carcelarios no se olvida fácilmente.
Miguel Angel González Pinto (41) fue detenido el 29 de agosto con dos kilos de cocaína cuando intentaba viajar rumbo a Barcelona. Estaba en contacto con la Policía de España para hacer una entrega controlada de droga y así detener los integrantes de una banda. Pero la operación no salió como tenía planeado y ahora espera en la cárcel que la Justicia argentina no lo trate como un traficante corriente.
"Sabía que lo que lo que estaba haciendo no era legal. Pero como la propia Policía de España reconoce que monitoreaba todo desde allá y que sabía lo que pasaba, creo que no merezco que me tomen como si fuera un delincuente común. ¿Si lo volvería a hacer? A pesar de lo que me está pasando, creo que lo volvería a hacer. Es que en ese momento no tenía otra opción", dice González Pinto en una charla con Clarín desde la cárcel de Ezeiza.
La historia que cuenta comenzó a principio de junio de 2006 en Palma de Mallorca, donde vivía filmando fiestas y casamientos. En esa época andaba con poco trabajo y deudas, y unos conocidos lo acercaron a quien después resultaría un narco nigeriano. Luego de un par de encuentros, le propusieron un viaje a Buenos Aires como "mula" para buscar cocaína. "Salimos varias veces con chicas y él pagaba todo. Unas semanas más tarde, me prestó plata. Como no se lo podía devolver me planteó lo de ir a la Argentina. En ese momento no tenía cómo darles de comer a mis dos hijos.", se justificó.
Un mes y medio más tarde viajó a Barcelona, donde un contacto le dio su pasaje a la Argentina y dinero para la primera parte del viaje. "Ellos me ubicaban a mi celular, no tenía forma de localizarlos. Otro nigeriano me trajo las cosas", explica. El 12 de agosto salió de España para no volver, sólo que no lo sabía.
Según González Pinto, recién durante el vuelo se dio cuenta de la gravedad de lo que estaba sucediendo. Recuerda que un episodio con un nene con ataque de epilepsia a su lado lo puso más nervioso todavía. "En ese momento pensé: 'Madre mía, en la que me he metido'. Empecé a sudar. Ahí decidí que al llegar al aeropuerto tenía que ponerme en contacto con las autoridades".
De Ezeiza fue a un hotel en la calle Bartolomé Mitre, a un par de cuadras del Congreso. Desde ahí se comunicó con la delegación Barcelona de la Policía española y contó lo que estaba por pasar. Allá le asignaron un interlocutor al que le explicó los detalles de la operación y con el que estuvo en contacto hasta el día previo a que lo atraparan.
"Pasaba horas esperando noticias de los narcos o desde España. Caminaba como loco por el centro, me metía a un cine, salía. No sabía qué hacer para que pasara el tiempo. Los narcos me hicieron comprar otro celular y me mandaban mensajes ahí para los encuentros. Un hombre boliviano pasaba cada dos días por la puerta del hotel para ver cómo estaba y me repetía que no debía hablar con nadie", relata los detalles González Pinto.
Una demora en la valija con la cocaína que debía llegar de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, hizo que reprogramara su vuelta. "Cuando me dijeron que me iba a tener que quedar una semana más, pensé que no iba a resistir. Ya no podía parar de pensar, me estaba haciendo daño".
A los seis días la cocaína llegó y el boliviano volvió a aparecer. Le dio un ticket de avión y más dólares. En esa charla, su contacto le dijo que la valija había sido rociada para que no la detecten los perros. Luego pagaron la cuenta y no se volvieron a ver.
"Tenía la maleta en el armario. La abría, veía la droga y la volvía a cerrar. La situación me había desbordado y casi no podía dormir", relata.
En una de las comunicaciones con la Policía de España sugirió que hablaran con sus colegas argentinos pero, según explica, le contestaron que eso podía poner en peligro la entrega. "Si pasa algo nosotros nos vamos a encargar", dice que le dijeron.
El 29 de agosto por la noche dejó su hotel y se fue en taxi a Ezeiza. "El vuelo tenía que salir a las 3 de la mañana, pero tras despachar el equipaje con la droga me avisaron que estaba retrasado y que recién iba a salir a las 10 de la mañana. Entonces volví al hotel para dormir. No me quería quedar dando vueltas, sentía que alguien se iba dar cuenta de lo nervioso que estaba".
Al volver al hotel, González Pinto se tomó unas pastillas para dormir. Se levantó a las 11.30 y en lugar de ir al aeropuerto fue directamente para las oficinas de Air Madrid en el centro.
"Quería ver si podía recuperar el pasaje y saber de la maleta. Pero a los pocos minutos me di cuenta de que algo malo pasaba. La mujer que averiguaba el destino de mi equipaje, me miraba todo el tiempo. Cuando colgó me dijo que en 10 minutos me iban a traer la maleta. Yo sabía que Ezeiza no estaba a 10 minutos de viaje. Salí del lugar antes de que llamaran a los de seguridad. Fui a un locutorio e intenté comunicarme con Barcelona. Durante media hora me dio ocupado. Entonces decidí entregarme. Volví a las oficinas y ya todos me estaban esperando", relata resignado.
Ahora un juzgado federal lleva adelante su caso. Se lo acusa por "contrabando de estupefacientes en grado de tentativa", un delito que prevé penas que van desde 4 años y medio de prisión hasta 16. El detenido espera que la Cancillería de su país intervenga en el caso para que se considere su colaboración para la reducción de una posible condena.
González Pinto pasó por la cárcel de Devoto y fue llevado a Ezeiza. Allí hizo una huelga de hambre de 18 días y asegura que bajó 20 kilos. En el momento en que salga esta nota su estatus interno cambiará y supone que el trato de sus compañeros también. Dejará de ser el narco que sus compañeros creían para descubrirse a los ojos del resto como un soplón de la Policía. Algo que en los códigos carcelarios no se olvida fácilmente.